En aquella población pequeña se murmuraban tantas cosas de la ciudad capital que cuando el llego a ella, sintió temor al ver ese monstruo de concreto que, si en la películas se veía muy bonita, con sus coches caminando como hormigas y sus millones de ojos encendidos, ya transitando sus calles eran diferente; la piel se ponía “chinita” y el corazón se quería escapar de la garganta de tan asustado que se ponía.
Aun recomendaba aquellas recomendaciones de su mama y de su abuela, consejos todos tendentes a observar un buen comportamiento, para merecer el respeto de los demás y así evitar problemas que pudieran causar daño. En cambio su padre permanecía despreocupado; quizás porque ya había vivido ya en la ciudad de México, no hay caso de tanto “milagrito “ que se colgaba a la antigüedad Tenochtitlán.
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