Aquel joven había nacido entre lujos y riquezas; cualquier capricho por costoso que fuera, era satisfactorio en la mayoría de las ocasiones la máxima ambición del joven; el era un amante del conocimiento; deseaba día a día por el laberinto de la sabiduría.
En ciertas ocasiones platicando con uno de sus ancianos maestros, escucho a estos decir:
-Te he enseñado cuanto sabia; mas tu avidez por aprender requiere de una fuente profunda del saber. Se que no lejos de aquí, ha llegado al monasterio del lago un hombre cuya gran sabiduría contrasta con su humildad. A el, han acudido varios hombres en busca de conocimientos; algunos fueron aceptados una vez que el sabio maestro los interrogo. Acude allá, estoy seguro que el ha de satisfacer tus inquietudes.
-Si maestro-repuso el joven-deseo conocer virtudes que me hagan mejor un ser humano.
Con el alba de un nuevo día, el inquieto joven partió hacia el lugar donde se encontraba el maestro. No tardo, después de unas horas de camino, en divisar la apacible construcción. Una vez que llamo a la puerta fue el propio sabio quien lo atendió:
-¿Que deseas hermano? -preguntó el monje.
-Deseo conocer la virtud, sabio maestro.
Bajo la mirada escudriñante del hombre, aquel joven respondió a cada una de las preguntas hechas.
Satisfecho con las respuestas, el maestro hizo pasar al discípulo hasta un amplio salón en donde varios jóvenes realizaban tareas diversas.
-Tu tarea será ensartar diariamente este millar de agujas-dijo el maestro.
esto será muy fácil-pensó para así el alumno-sin embargo no veo ninguna relación entre esta actividad y el conocimiento de la juventud.
Durante los primeros días de actividad, tres situaciones llamaron poderosamente la atención del joven: primera, nadie de sus compañeros hablaba en el transcurso del día.- segunda: ¿ Como se portaban los gritos, aunque esporádicos llenos de histeria del maestro? y, tercera, sus compañeros llevaban meses realizando la misma tarea asignada a cada uno de ellos; esto lo supuso una noche por el comentario de un alumno: ¿Sucedería lo mismo con el ?
El tiempo transcurrido lentamente y nada cambiaba: el seguía ensartando agujas sus compañeros haciendo lo que les competía y el maestro, reconviniendo con un enojo. Un día desesperado ya, el alumno dijo al maestro:
-Han pasado tres años y sigo ensartando agujas. Vine a ti para saber de virtudes y aun, nada aprendo.
-Tu, sigue- contesto el maestro. ¡ No debes de hablar!
Habían transcurrido cinco años y aquella actividad que en principio desesperaba al joven, hoy era realizada con la alegría de una sonrisa. El sabio al observar esta actitud, se acerco lentamente al alumno para decirle:
- Tu viniste aquí para aprender virtudes: has estado largo tiempo y hoy vengo ha decirte que puedes abandonar el reciento por que cumpliste tu tarea. Al ensartar agujas y aceptar mis arrebatos que apropósito hacia, adquiriste la paciencia y la tolerancia, dos virtudes que son llaves para entrar a la sabiduría. Adiós y, se feliz con tu prójimo.
El joven abandono maravillado aquel lugar; jamás pensó que en aquel " ensartar agujas", hubiese virtud alguna.
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